lunes, 20 de junio de 2011

Cosas que pasan (14ava Parte)

cosas que me pasan (14)

Cosas que pasan

Parte 14

Y así pasaron tres meses, día y noche tendido en esa cama, permanentemente dopado y sujeto a cualquiera de las ideas diabólicas que se le ocurriera a la “Bruja-Hermana Mayor”; ya no me tenían con amarras, pues daba igual, era tanto la droga que corría por mi cuerpo, que andaba como un Zombie esperando ser empujado por otros.

La monja encargada de mi aseo, cosa que ocurría cada cierto tiempo, primero me metía en la ducha con ropa, y con una manguera me enviaba un chorro de agua con jabón, luego a gritos me obligaba a despojarme de ella y colocarla en un tobo, nuevamente el jabón chorreaba por todo el baño, entonces con mucha delicadeza, se quitaba y doblaba sus hábitos, y desnuda se metía en la ducha para frotándome con una esponja dura todo mi cuerpo.

Empezaba por mi cabeza, seguía con las axilas y bajaba hasta la ingle, allí se detenía y frotaba vigorosamente mi pene hasta lograr una mediana erección; al alcanzarla se arrodillaba y se metía mi verga entre sus pequeños labios, mientras sus dedos recorrían mis nalgas jugueteando con mi culo; luego de un buen rato, comenzaba a subir su lengua, lamiéndome todo en su recorrido y poco a poco me empujaba por los hombros obligándome a ponerme de rodillas, y frotando mi rostro sin afeitar entre sus piernas, empezaba a masturbarse con mi barbilla.

Ya secos me daba una muda de ropa limpia, no sin antes obligarme a pasarle mi lengua por su culo; no recuerdo si yo acababa, pero estoy seguro que ella sí.

Otra forma de abuso, eran con la comida, la cual también era racionada, con intervalos de varios días, ella era servida por la bruja mayor y colocada en el suelo, y yo tenía que agacharme como un perro, mientras la monja diabólica se trepada en mi espalda y luego de bajarme el pantalón, me golpeaba con un fuete, para luego introducirme, su mango, en mi culo; era tanto el desespero del hambre, que lo único que me importaba era inclinar la cabeza como un animal, y sorber aquella mugrosa sopa.

Un día se escucho una revuelta, llegó el Comisario Daniel a mi habitación, luego me contaría que muchas veces estuvo aquí y las monjas no le permitieron la entrada bajo la escusa de que mi estado anímico era muy delicado y que su visita podía complicármelo más.

Esa tarde venía con una orden judicial y acompañado de varios gendarmes; con solo mirarme a los ojos supo que estaba drogado, inmediatamente llamó al médico del siquiátrico y este no tuvo respuesta alguna sobre mi estado de salud.

Ordenó que me cambiaran de habitación, trajeron un galeno de otro hospital y colocaron guardia permanente, prohibiéndoles la entrada a cualquier personal, que no fuera nombrado por el Comisario.

A los pocos días pude sostenerme y balbucear algunas palabras, el comisario me daba ánimos diciéndome: “tranquilo, tómatelo con calma, primero te recuperas y luego me hablas de lo que quieras”.

Tendrían que pasar dos semanas más para recuperar mi voz y contarle a la policía todo lo que sabía sobre este maldito siquiátrico; fueron tres días seguidos de declaraciones y preguntas.

Al cuarto día vino  nuevamente el comisario, pensé que seguirían las interrogaciones, pero él me dijo que estaba vez necesitaba conversar conmigo:

“Mira Alberto -al fin volvía a escuchar mí nombre otra vez-, nunca abandone del todo tu caso, había algo que no encajaba sobre la muerte de tu familia y de las otras personas, cada fin de semana que tenía libre me andaba de paseo por las ruinas de la casona y sobre todo hurgando en el cobertizo.

El mes pasado, mientras revisaba, tropecé con un madero y algo de él no me gusto, traté de levantarlo y estaba fuertemente sujeto al piso, entonces vi que su posición no estaba de acuerdo con los otros; mientras menos podía zafarlo, algo en mi interior me instaba a hacerlo.

Fui hasta el coche patrulla y me traje una “pata e ‘cabra” para utilizarla como palanca, no logré despegar el madero, en cambio una parte del roído piso se levantó… ¡Eureka! Era como una pequeña puerta que dejaba al descubierto un hueco… y ¡Allí! Estaba un cofre de mediano tamaño, cerrado por un antiguo candado.

Inmediatamente recordé que en una de mis anteriores visitas, había tropezado con una hermosa llave antigua, muy bien conservada, que desde ese día paso a ser parte de mi colección de cosas viejas.

Como pude metí el pesado cofre en la maleta del auto y lo lleve a mi apartamento.

Al abrirlo conseguí además de unos  bonos bancarios y unos cuantos dólares, una carta escrita por Joaquín, donde explicaba el por qué y él como, fueron asesinadas todas esas persona, y además como te involucraría a ti, al suicidarse, de esos hechos. Nuevamente llevé el cofre al cobertizo y llamé al Sargento Mosqueda para que me sirviera de testigo en su apertura.

La carta se la lleve al juez de tu caso y luego de muchas experticias, tomó la decisión de absolverte  de los cargos de asesinato… Alberto… ¡Eres Libre!...

…¡Y yo lo sospechaba!”.

Luego de escuchar aquella confesión mis ojos se llenaron de lágrimas, aquel duro policía tomó cariñosamente mis manos y consolándome me dijo…”ya amigo, ya pasara todo…”

¡Soy Libre!    ¡Soy Libre! 

Me repetía constantemente.

Luego de esto, continuaron los interrogatorios sobre lo que pasaba en este sitio de reclusión, con la orden de allanamiento detuvieron a sus cuidadores y responsables; posteriormente revisando los frondosos jardines, que yo con mucho amor cultivaba, lograron encontrar varias fosas llena de cadáveres, que luego de los exámenes forenses, se determinaron que casi todos esos cuerpos murieron torturados, al igual que Juan Manuel.

Yo al fin estaba libre, pero luego de mi “euforia libertaria”, me encontraba… sin nadie, no tenía familia, ni trabajo, ni casa donde pasar la noche, sin un peso en mi bolsillo…y sin amigos a quien pedir auxilio…


miércoles, 23 de marzo de 2011

Cosas que pasan (13ava Parte)

Tauromaquia
Cosas que Pasan
Vol.13
Poco duro el silencio en la sala, el estruendo de la música se apaciguo un poco al sonar las trompetas de un pasodoble.


Las monjas y los enfermeros comenzaron a bailar con la nueva danza, ellas se quitaron los tocados colocándose en su lugar un gorro de torero y danzando en la punta de los pies tomaron los palos cubiertos de papel de colores...


Empecé a llorar cuando me fije que dichos palos eran banderillas, quería morirme pensando que lo que me venía era terrible, cerré los ojos creyendo que con esto se mitigaría el dolor.


Los aplausos, la música y las luces disminuyeron el volumen hasta apagarse, haciéndose un silencio sepulcral, con los ojos cerrados escuche el sonido chirriante de una reja al abrirse, y luego el silencioso recinto, encendiendo sus luces, reventó con un millón de aplausos.


Abrí los ojos asustado de tanta algarabía, vi que de una de las celdas venia… empujado por los enfermeros, un hombre pequeño, totalmente desnudo, era Juan Miguel, uno de los enfermos del hospital.


Al acercarse note cual era el motivo por el cual gateaba de esa forma:


Sus brazos estaban amarrados de una manera que solo podía sostenerse con sus codos y las piernas estaban de igual manera que solo con las rodillas podía empujarse.


Nuevamente la música, lleno el círculo, a las hermanas Daniela y María se le agregaron otras dos, todas vestidas con tan solo sus sombreros de toreros.


Juan Miguel estaba inmóvil en medio del la “Rotunda”, las monjas empezaron a cercarlo unas le movían sus nalgas ante los ojos, otras le introducían sus dedos por su culo, otras con los pies le tocaban sus partes, le daban vuelta y se sentaban sobre su miembro, una de ellas le peló la choca orinándose en su cara, en fin el pobre Juan Miguel no entendía nada.


Luego vinieron los hombres y con los faldones rojos, se lo pasaban por su rostro, los habitantes de las celdas gritaban:


¡Olee! ¡Olee! ¡Olee!


Juan Manuel, ya molesto por la bromas trataba de zafarse las cuerdas y atacar a los que de esa forma lo vejaban.


Y los gritos continuaban:


¡Olee! ¡Olee! ¡Olee!


Mi espanto fue inmenso al ver que la madre María junto a las otras monjas se le acercaban bailando con sendas banderillas en las manos.


Al ver sus intenciones grite desaforado:


¡Nooooo! ¡No la hagan!


Y la respuesta fue un tremendo golpetazo en mi cara.


Todos aplaudían frenéticos, mientras el pobre Juan Miguel se iba muriendo, picoteados por varias banderillas empapadas de sangre.


Como un loco me puse a gritar y llorar, ya no me importaban los golpes, hasta que nuevamente pedí el conocimiento…


Después de varios días dopado, logré despertarme, iba a llamar a alguien y mi boca no podía pronunciar palabras, no la sentía, quise pararme y todo mi cuerpo estaba sujeto a la cama por anchas correas; estaba inerme, como pude empecé a mover la cama.


Una enfermera, al escuchar el alboroto, se asomó y volvió a salir corriendo; a los minutos vinieron el clínico y la Madre María, quería pedirle al galeno que despachara a la monja para contarle lo que me había pasado y solo se me escucharon gemidos.


La madre María empezó a hablar:


-Si doctor, lamenté mucho no llegar a tiempo, fue terrible la pelea, cuando logramos zafarlos, este señor había acuchillado al pobre Juan Manuel por la espalda y no quería soltarlo, los enfermeros tuvieron que darle de golpes para que pudiera desengancharlo.”


¿Pero sabe Ud. como empezó todo? Inquirió el médico…


“mire Doctor estos señores ¡Perdóname Señor! Mantenían, sin nuestro conocimiento, relaciones carnales, sospechamos que las heridas que esté enfermo presenta en su parte anal fue producida por su pareja, intuimos por el odio y la rabia con que lo atacó”


Quería Gritar que eran puras mentiras, pero mi boca no se movía.


“Mire Doctor -seguía la Hermana- como pone los ojos cuando le nombran al que fue su pareja, es odio lo que muestra; por su seguridad lo tenemos amarrado y con sedantes para que no se haga daño”… Y su mirada se metía entre mis ojos como una burla y una amenaza.


“Bueno manténgalo así hasta nueva orden, lástima de hombre, yo lo tenía en buen afecto…

lunes, 31 de enero de 2011

Cosas que pasan (12ava Parte)

en el clautro
Los últimos acontecimientos

El sonido de una reja cerrándose, se mesclaba con las sirenas y las luces de los carros de la policía y de las ambulancias; unas fuertes luces alumbraban la ahora horrible fachada de le escuela y el hospital, donde la estatua de un San Jorge se reía del mundo.


Los oficiales y las enfermeras entraban y salían sacando a los últimos pacientes que todavía quedaban en el área de hospitalización.


Entonces los vi, primero paso el cura Manuel, director de la institución, cabizbajo, con las manos esposadas y sin sotana; luego en fila india marchaban las monjas, les habían quitado sus atuendos religiosos y venían vestidas de paisano, pude distinguir a la madre Francisca, sus ojos de arpía brillaban de rabia, a la hermana Rosana la vistieron con pantalón, y al final estaba el padre Antonio, venia sostenido por sendos sargentos, llorando como una niña.


Los vecinos y las madres que tenían niños en la escuelita, se habían acercado para ver el espectáculo y enardecidas gritaban:


¡Malditos! ¡Perros! ¡Tiene que Matarlos!


Muchos de los pequeños que allí estaban, lloraban sin entender lo que estaba pasando.


Yo… estaba sentado aún con las manos temblorosas, tratando de secar mis lágrimas; a mi lado el comisario Daniel me acariciaba la espalda consolándome…


“Ya amigo, tranquilo que todo pasó…”


Subí mi rostro para mirarlo, diciéndole:


¡No comisario, aún no!...


Luego se acercaron los paramédicos, con cuidado me colocaron en una camilla, antes de meterme en la ambulancia, le tome las manos al comisario y dándole las gracias, me desmayé.


Desperté en el hospital general, a mí alrededor varios galenos me auscultaban y limpiaban mis heridas, me colocaron suero y sedantes para descansar; antes de quedarme dormido, logre escuchar el comentario de uno de ellos:


“Pobre diablo, ya parece un cadáver ambulante…”


Cada vez que dormía se me hacían presentes, las escenas de los últimos cinco meses pasados en el “Siquiátrico”.


Me veía tirado en el suelo, sangrando abundante por el recto, unas voces me decían:


¡Levántate, lázaro!… ¡levántate!


Me era imposible levantarme, el dolor me pedía que me mantuviera acostado. De pronto cuatro hombres desnudos me levantaban y sin tomar en cuenta mis quejidos, me colgaban los brazos de una argollas y los estiraban hasta que mi cuerpo quedaba suspendido, apenas apoyado en la punta de mis pies, formado una “Y”.


Volvían a echarme agua para mantenerme despierto.


Las luces estaban más intensas y me permitieron ver que las cortinas recogidas mostraban una serie de celdas, que en forma de círculo, rodeaban el lugar; de esos calabozos brotaban unas manos que desaforadas aplaudían, acompañadas de los gritos:


¡Oleé Toro! ¡Oleé!

Hacia mí se acercaban las monjas, solo su tocado cubría sus cabezas, desnudas danzaban al compás de un música diabólica; en sus manos llevaban unos palos forrados de tela o papel multicolores; detrás de ellas venían los cuatro enfermeros cubiertos con un trapo rojo a manera de faldones.


Al acercárseme, los danzantes se abrazaban conformando un trío, los hombres acariciaban los senos de las mujeres; por encima de los faldones se notaban los miembros erectos rozando sus nalgas, cuando vi sus rostros, primero distinguí el de la hermana Diana, la otra era la odiosa Madre María, ambas conservaban hermosos sus vientres.


Diana la más joven, en el frenesí del baile abrió sus piernas, dejando ver su chocha depilada, y el bailador metió su cabeza para lamerle el néctar goteante que de allí salía, mientras el segundo se gozaba chupándole los senos.


El otro trío danzante se me fue acercando, mi cuerpo se estrujo de temor al ver la mueca sonriente de la madre María.


¡Te gusta mirar, verdad…perro!

(Recordé que me había descubierto cuando miraba a la hermana Rosana, en el cobertizo).


Y en ese instante se colocó frente a mí en posición perruna, comenzó a pasarme su lengua por las piernas, mi temor y el placer comenzaban a enmaridarse sintiendo sus caricias; sin yo quererlo, mi miembro se fue creciendo hasta alcanzar su boca, su lengua comenzó a jugar con mi glande y fue poco a poco chupándolo todo, abrí mis ojos y uno de los enfermeros, quitándose el trapo, me mostraba con lujuria su pene, era más grande que el mío, luego se arrodilló detrás de ella y abriéndole con furia las nalgas, fue introduciéndolo por el ano.


La madre María, al sentir el gusto de la perforación, arreció el movimiento de su boca, me era imposible dejar de sentir el placer que sus labios me producían; de pronto unas manos me abrazan por detrás y un rocé que ya conocía se aposentaba en mis nalgas:


Dios –pensé- me van a coger y aún estoy adolorido.


Y sin miramientos aquel tolete se fue abriendo paso por mi herido culo, pero algo había cambiado en mí, en vez de gritar de dolor, sentí un gozo tremendo, mire nuevamente con delicia a la mujer que me hizo tanto daño y ahora me provocaba tanto agrado; el placer fue largo, la música y los gritos de los que estaban en las celdas nos marco la cadencia.


¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!

Nos gritaban.

Creo que los cuatro acabamos juntos. Y luego un rato de silencio nos abrazó…

viernes, 24 de septiembre de 2010

Cosas que pasan (parte 11)


Cosas que pasan (11ª parte)

Así iba pasando el tiempo hasta que una noche, unos enfermeros me sacaron de mi habitación, casi arrastrándome me llevaron a la fuerza a un enorme cuarto oscuro, allí me desnudaron completamente y me colocaron en una camilla vendándome los ojos y amarrándome en posición perruna.

Al quedarme ciego, el silencio se me hizo más profundo; de pronto una melodía se escucho en medio de mis sombras, creo era una de las fugas de Bach, esto me calmó un poco, al cabo de un rato y cansado por la incómoda posición de mi cuerpo, sentí una mano que tomando con fuerza mi mandíbula, me la jalaba, mi primera sensación fue el miedo y quise retirar mi rostro, cuando un golpe fuerte, como una palmada retumbó en mis nalgas obligándome a empujar hacia adelante.

Mi boca abierta por la presión de aquellos dedos, tropezó con una pile suave; sentí como un pezón se restregaba en mis labios y empecé a chuparlo, primero con desconfianza y luego la lujuria que se hallaba extraviada de mi cuerpo prisionero, me incitó a besarlo y mamarlos con euforia.

Sentí que algo rozó mis testículos, otra mano empezó acariciando mi pija, separaba la piel del glande con suavidad, alcanzando mi miembro su máxima extensión.
Había estado tanto tiempo sin sentir la piel de otra persona rozando mi piel, que de pronto se me abrieron las ansias… y a punto de acabar…

¡Un dolor terrible se apoderó de mi cuerpo!

Alguien había golpeado tan fuerte mis bolas que perdí el conocimiento.

Volví en mí cuando sentí como el agua fría corría por mi cuerpo, debí caerme con el desmayo, mi cuerpo me dolía y aún me mantenían con los ojos tapados; titiritaba del frío, estaba acostado de espalda y cuando traté de enderezarme me encontré con que mis manos estaban atadas en forma de cruz.

Unos pies descalzos rosaron mi rostro, la voz gruesa de una mujer me ordenó besarlos, sentía tanto dolor que quise negarme, pero un puntapié en mis costillas, me hizo cambiar de opinión.

Los dedos de los pies se introducían en mi boca, algo me rozaba la ingle y dos manos tomaron mis piernas acariciándome las nalgas; oí nuevamente la voz: “¿Te gusta ver?”, me preguntaba, Iba a contestar y su dedo se hundió en mi garganta, causándome nauseas…

¿Te gusta ver…Perro? …Continuó y alguien abría mis nalgas.

Sentí que algo húmedo se introducía y salía de mi culo, por su movimiento supe que era una lengua, poco a poco volvía a sentir placer.

La voz extraña me decía: “Perro te voy a alzar la cara y quiero que me mames mi chocha”, en eso sentí su olorosa humedad en mis labios; comencé a chupar su clítoris y mi lengua repetía los movimientos que yo mismo sentía en mi hueco, su voz se quebró y un “¡uhhhhh!” Largo, fue lo que escuche, mi miembro comenzaba a levantarse.

Sentí que se daba la vuelta convirtiendo aquello en un 69, y restregándome sus glúteos en el rostro, tomo mi verga y comenzó a recorrer con su lengua la punta del glande, separando el prepucio, bajaba por la venas hasta chuparme los guevos, sentía como entraba y salía mi miembro de su boca dejando chorrear hilos de saliva que se unían a mi ya mojado culo; yo por mi parte hundía mi nariz entre sus nalgas, lamiendo los sudores de su hueco.

La voz comenzó a hablarme con dulzura:
Perrito, ¿Sabías que tu culo y tu próstata esconden placeres inconcebibles? ¿Sabías que la lengua que toca las terminaciones nerviosas de tu huequito, te están llevando al éxtasis?

Sí lo sabía, pensé, mientras mi lengua disfrutaba de los placeres de su mojado coño…mi excitación era total y a poco comencé a mover mis nalgas, mientras la lengua ajena hacia círculos alrededor de mi hueco.

Al cabo de un rato de un rato sentí que algo duro, intentaba entrar en mi ano y me detuve; la voz me previno:
“Relájate, perrito, deja que te entre, concéntrate y goza, siente como se hunde buscando tu próstata, mientras mi mano te masturba”

En efecto alguien estaba usando un consolador y afloje poco a poco mis nalgas.

¡Me estaban culeando y lo disfrutaba!

Estaba a punto de acabar cuando la voz, quitándome la venda, me dijo: “¡Quiero romperte el culo…Perro!

Tarde un poco en enfocar la vista y al lograrlo tuve miedo…

Era Sor Francisca la que estaba montada sobre mí, traté de zafarme pero en ese instante sentí como si un hierro estuviera quemando mis entrañas…

Alguien había introducido un garrote por mi trasero.
Nuevamente perdí el sentido.

¿Cuánto tiempo estuve sin sentido?
Nunca lo sabré.

Sentí que me hundía en aguas tranquilas de la inconsciencia, pero de pronto un frio profundo, me ahogaba.

Volvieron a revivirme, el agua fría chorreaba por mi cuerpo, temblaba pero no del frio, temblaba de lo que aquella bruja podía hacerme...

viernes, 27 de agosto de 2010

Cosas Que Pasan (10ma parte)


Cosas que pasan (10 parte)

En cuanto a las monjas: estaba la madre Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.

Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…

Igualmente estaba Sor Rosana, siempre rodeada de las hijas de los empleados, todos hablaban de que era una verdadera madre para esas niñas, casi todos los días recibían clases y luego salían a pasear por los alrededores de la edificación, jugando al escondite y a la pelota.

A los alrededores del hospital y de la escuela están los jardines, es la parte más hermosa de esta horrenda edificación, a pesar que no fueron diseñados por algún arquitecto, sus árboles han crecido de forma ordenada, en sus ramas más altas tienen su reino las orquídeas y las bromelias, entre sus tallos abundan los helechos; los nidos de las aves crecen como si fueran hojas, y por la tarde el canto de las aves confiere a este infierno, la alegría de un paraíso.

Un día que estaba podando los rosales salvajes, escuche unos ruidos, empecé a buscar la procedencia de aquel sonido que más parecía un quejido, al acercarme al ranchón de las herramientas pude distinguir que dicho sonido era de personas, con sigilo me asomé un poco a las ventanas y a través del sucio cristal, pude distinguir a dos niñas (tendrían como 14 años) recostadas de un barril, estaban totalmente desnudas, creí ver a josefina la hija del cocinero y a panchita, la niña huérfana que cuidaba la monja llamada Rosana.

En silencio, abrí la puerta y me escondí detrás de unos bidones viejos donde no pudiera verme las niñas; a pesar de la penumbra que había en la habitación pude distinguir que estaban besándose y acariciando sus partes, lo que pensé eran sollozos, resultaban gemidos de placer.

Atónito veía como juanita pasaba su lengua por el cuello de la otra y poco a poco fue bajando sus labios hasta llegar a la entrepiernas de paquita, que jadeando se abría en forma de horqueta diciéndole…”dame más y dale duro” …esta en retribución tocaba con sus dedos el clítoris de la otra, al ver aquellas pichonas acariciándose, sentí como mi polla peleaba por salirse del pantalón, sin aguantar más me baje el cierre y comencé a masturbarme ante aquella escena…

Luego panchita dándose la vuelta y levantando su colita, le dijo a Juana,…“mamame el culo", la otra no se hizo rogar, enseguida tomo las nalgas de la niña y abriéndola hasta donde pudo, hundió su cara metiendo la lengua hasta el fondo de su ano; en la penumbra se oía el susurrar de las niñas …

“Dame mas, húndete en mi hueco y chúpame las entrañas”

Estaba a punto de acabar, cuando de pronto, casi detrás de mí, alguien abrió suavemente la puerta, era la hermana: Rosana; dije para mis adentros “pobres chicas el castigo que se les viene es de padre y señor nuestro”.

Pero en cambio escuche a la religiosa decirles dulcemente…

”Cariños porque no me esperaron...estaban tan cachondas que empezaron si mí”

Y la monja sin decir nada se subió los faldones; atónito, casi grito, logré ver que entre sus piernas habitaba una gran culebra, las niñas desaforadas se abalanzaron ante aquella inmensa polla y comenzaron a mamársela y ella (o él), les acariciaba el cabello…

“Suave mis niñas… denle suaves, que hay para las dos”… repetía.

Asustado no sabía qué hacer, pensé en irme pero el miedo me mantenía estático, al cabo de un rato, el tipo tomó a la pequeña juanita, acostándola sobre un mugriento trapo le espernanco las piernas y le introdujo el miembro, primero fue despacio y luego los movimientos se hicieron más rápidos, pero mi mente no entendía como la pequeña no gritaba, entonces comprendí que no era la primera vez.
Mientras Panchita aguantaba en su interior aquel monstruoso animal, Juanita se le ponía su pollita frente a Rosana, permitiéndole a esta que sus labios y su lengua jugara con su clítoris.

Rosana mientras gozba, le susurraba las niñas:
“Que bien han aprendido mis bebes, ahora sí puedo decirles mis puticas del alma”

Y ambas jadeando contestaban: “Si madrecita, si”

Así estuvieron un buen rato hasta que la bestia sacando el miembro de la menuda cuquita y en una explosión de varonilidad lanzó un chorro de leche que por poco me mancha a mí.

Luego como si nada hubiera pasado, las tres se vistieron y juntas salieron tomadas de la mano.

Me quede solo en aquel lugar que olía a sexo, cerré los ojos y rememorando lo ocurrido, termine acariciando mi pene...soñando que ambas niñas me lo mamaban.

Salí distraído, estaba limpiándome el miembro con un pedazo de pañuelo, cuando al subir el rostro, casi me muero del susto, estaba frente a mí la madre Francisca; quede petrificado, como un idiota estaba parado ante una de las máximas autoridades de la escuela…y con una mano sostenía él todavía erecto miembro y en la otra estaba el trapo sucio, lleno de leche…

Con su voz perversa, me dijo: “Sr. Alberto, se puede saber qué hace usted aquí”, tartamudeando le contesté, “Perdóneme hermana, solo estaba limpiando el ranchón”.
Y nuevamente me inquirió… ¿“Con ese trapo?

En ese momento como pude logré guardar mi pene, y sudando baje la cabeza para retirarme. Había dado unos cuantos pasos, cuando nuevamente la monja me inquirió…

¿Me imagino Sr. Alberto que no estaría espiando a la hermana Rosana?

¡No...¡ ¡No...¡ No… ¡le contesté, y tuve que aguantar las ganas de huir de ese lugar.
Cabizbajo y temblando me retire rogando a Dios no me castigaran, ahora entendía que la madre Francisca, no solamente era la jefa de las demás monjas, sino también estaba al tanto de las depravaciones que allí se realizaban.

domingo, 8 de agosto de 2010

Cosas que pasan (9na Parte)



Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital y no recordaba porque.
Aún aturdido, trate de levantarme y un sinfín de tubos, además de unas enormes esposas, me impedían hacerlo.

En repetidas oportunidades toque el timbre de emergencia llamando a las enfermeras y solo luego de un largo rato entró en la habitación un hombre delgado que con su voz baja y profunda me dijo:

-Entonces amigo Alberto… ¿Puede contarme lo que pasó en esa estancia?

Todavía aturdido, empecé a explicarle el porqué de mi presencia…como fui invitado por mi yerno y todo lo demás; en los primeros interrogatorios oculte lo de las orgias, pero luego de un mes de interrogatorios intensivos, tuve que contarlo todo.

Al finalizar, el hombre de voz profunda: el Comisario Daniel (mi interrogador) me contesto:

-Señor Alberto yo le creo…pero todas las evidencias están en contra suya…
Dios lo ayude.

El Juicio fue largo, casi un año estuve detenido en la comisaría; pero todo me incriminaba: la policía me encontró “Infraganti” con el hacha asesina en mis manos, según el abogado acusador “Con ella había descuartizado a todos incluyendo a mi familia”.

Las huellas de mis manos en las paredes indicaba, según los periódicos, que yo estaba realizando un acto vandálico que tenía que ver con alguna secta diabólica a la cual yo pertenecía, en mi cuerpo se encontraron altas dosis de alcohol y en los otros cuerpos rastros abundantes de drogas fuertes; en cuanto a Joaquín: yo le habría inyectado para luego despedazarlo, lo cual había impedido la policía, lamentablemente la sustancia inyectada le había causado un infarto.

El Juez de la causa dictamino mi culpabilidad… y debido a que mi “Inclinación constante a la violencia” debía ser tratada siquiátricamente, me sentencio a 15 años de cárcel y fuí asignado a la Prisión hospitalaria: “El Siquiátrico San Jorge”, manejado por policías, curas y monjas.

Este mal llamado “Hospital”, es un complejo de edificaciones que abarca una gran extensión en las afueras de la capital; está compuesto por tres secciones:

La sección carcelaria o “Casa de Rehabilitación e Inclusión a la Sociedad de La Cofradía de Hermanos de San Jorge”: Llamada por los reos: “La Casa Gris”; es una edificación considerada de máxima seguridad, habitada por presos y enfermos con características esquizofrénicas.

El “Siquiátrico San Jorge”: Es el hospital propiamente dicho donde están recluidos los presos y enfermos cuyos problemas mentales no presenten “Riesgos a la Sociedad”.

Y el “Centro de Beneficencia de la Cofradía de los Hermanos de San Jorge”: Conocido por la mayoría como “El Colegio de los pobres”: donde reciben clases, comida y (muchos de ellos) viviendas, los niños y adolescentes de escasos recursos.

Mis primeros dos años fueron de “Vigilancia Médica”, enclaustrado dentro de una habitación donde era monitoreado día y noche; la cual solo abandonaba cada cierto tiempo para enfrentarme a un grupo de médico y sacerdotes, que además de contestarles sus estúpidas preguntas, me imponían el castigo de rezar todos los días y pedir perdón a Dios por el mal que había hecho.

Cuando rondaba mi tercer año de presidio, notaron que yo no era un “reo-paciente inclinado hacia la violencia” y que mi condición era más bien sumisa, me cambiaron a la sección del hospital, asignándome un trabajo: el cual consistía en realizar la limpieza de la capilla, las habitaciones de las monjas y los curas, las aéreas y salones de clase, entre otras cosas.

En el hospital vivían varias de “las hermanitas de la caridad” las cuales deambulaban por los pasillos, descalzas y rezando cabizbajas; también estaban allí un grupo de sacerdotes de los cuales el Padre Manuel, un viejo como de sesenta años, era el mandamás de esta parte de la prisión.

Mis visitas eran muy esporádicas: amigos que se acercaban algunas veces, mis hermanos que venían de vez en cuando…

…y el comisario Daniel, al cual aprendí a querer: aún mantenía el caso (como lo llamo la gran prensa del “Loco de las manos manchadas”) abierto, asegurándome que seguiría investigando ya que él me consideraba inocente.

Un día que limpiaba la Capilla escuche un leve ruido dentro de la sacristía, pensando que habría alguna rata, me acerque muy despacio con la escoba levantada y suavemente entreabrí la puerta, aunque nunca he creído en los curas lo que vi me impresiono: estaba un niño vestido de monaguillo, como de 13 años, arrodillado ante el padre Manuel, pensé “está dándole la bendición”.

Pero no, la sotana del cura estaba levantada y cuando la abrió: un descomunal pene hizo su aparición.

Con las dos manos sostuvo el rostro del chico y hablándole dulcemente de pecados y penitencias, restregaba mientras tanto su glande sobre los labios y la lengua de su víctima; luego con un poco de fuerza logró introducirlo en aquella pequeña boca, era tan grande que varias veces el niño estuvo a puno de vomitar.

Mientras disfrutaba, el viejo sinvergüenza rezaba algunas letanías y le explicaba al monaguillo que estos “actos divinos”, eran parte de la penitencia que nuestro Padre Salvador le ofrecía, por medio de su persona, para recuperar su extraviado cielo.

Al cabo de varios “padres nuestros” y una que otra "Ave María", lo volteó y bajándole los pantaloncillos lo colocó en posición perruna, le dio unas palmaditas en sus pálidas nalgas y untándole grasa en su culito, procedió a penetrarlo.

La mano izquierda del sacerdote apretaba la boca de la criatura, evitando el grito, mientras la otra sostenía su abdomen para aguantar el empuje de su miembro hasta el fondo; al cabo de un rato de movimientos pélvicos, nuevamente se lo colocó en la boca para acabar llenándosela con una mescla de leche y sangre.

Casi desfallecido, el pequeño logró limpiarse y ponerse los pantalones; el cura abrazándolo le dio: con una mano, algunas monedas y con la otra sus bendiciones, advirtiéndole al jovencito el pecado mortal que cometería si divulgara el secreto de la confección y sus respectivas penitencias.

Con mucha rabia me retire, me provocaba ser en realidad violento y matar al bendito cura, pero no hice nada.

Esta misma escena se repitió varias veces con distintos niños, durante mi estadía.

Otra vez estaba limpiando uno de los baños que están dentro del salón de catecismo y escuche que se acercaba el cura Antonio, es el maestro de catequesis, venía con algunos chiquillos, pensé que eran los próximos en hacer su primera comunión.

Como tenía prohibido bajo castigo, el contacto con personas que no fueran mis guardianes y esto incluía a los niños del área escolar, me oculté mientras terminaban su clase y se marchaban.

Estaba sentado en el retrete esperando, cuando oí una algarabía infantil, parecía que los niños se estaban divirtiéndo y esto en clase de catecismo… era imposible.

Con mucho sigilo me asome y vi que el cura tenia a dos niñas sentadas a horcajas sobre sus piernas, mostrándole a todos como fue que “Jesús llegó a Belén dando saltitos en un burriquito”, aprovechaba para mover sus piernas arriba y abajo, frotando las nalgas de las carricitas.

Conociendo a los curas de esa escuela, puse más detenimiento, el sacerdote sostenía a las niñas colocando su mano entre las piernas de una de las chiquillas sobándola disimuladamente y ella para no caerse: con una mano se sostenían del brazo y la otra la colocaba entre las piernas del tipo; como es natural la sotana dejaba ver el bulto fálico y en ese bulto su mano mantenía aprisionada la mano de una de las niñas.

Los ojos del tío se saltaban de placer y en el éxtasis final, se desorbitaron; y entre la risa de los niños, su mano mantenía obligaba a la niña a sobarle el pene sobre su toga.

Cuando se levantó, volví rápidamente a esconderme, tuve suerte que el padre entrara al otro baño…

…allí le escuche decir “Coño, debí haberme dejado los calzoncillos, ahora tengo la sotana llena de leche”.

En cuanto a las monjas: estaba Sor Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.

Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…

martes, 6 de julio de 2010

Cosas que Pasan (8va Parte)


Me desperté y aún tenía la pesadez de la borrachera anterior, mi estómago sonaba extrañando una buena comida, lamenté el no haberlo hecho antes de acostarme; abajo aún sonaba la estridente música.

Ignoraba la hora, pero a mí alrededor todo estaba oscuro, traté de prender la lámpara de la cama sin ningún resultado, logré calzarme las sandalias, pensaba darme una ducha… ¿pero sin luz? mejor salía al pasillo y averiguaba que pasaba con las bombillas.

En el pasillo tampoco funcionaban los apagadores, como pude me fui guiando por la pared hasta llegar al borde de la escalera. Me pareció absurdo que toda la estancia estuviera sumida en la oscuridad.

Grité fuerte tratando de superar la música, sonaba en ese momento un duro y pesado rock, él cual volvía mas tenebrosa la situación… ¿o tal vez debido a ello no podían escucharme?

Pensé en mi hija, otras veces la había visto bailar en mi casa con las luces apagadas, me la imagine moviendo sus caderas de una forma provocativa… y a lo mejor también danzaba mi mujer; en mi mente vi sus hermosos senos balanceándose al ritmo de la música, sentí el calor entre mis piernas y mi miembro comenzó a ponerse tieso; ya me veía danzando con las dos como preludio de otra excitante noche.

Entretenido por mis pensamientos morbosos descuide el paso por la alfombrada escalera, algo me hizo resbalar, de repente me sentí como un plátano dando vueltas en el aire, me era imposible detenerme, lo único que podía hacer era tratar de aminorar los golpes tapándome la cabeza con las manos.

Al llegar al final, adolorido, traté de levantarme pero algo resbaloso me lo impedía; volví a gritar y nadie respondió, entre la música y los golpes me estaba volviendo histérico, comencé a gatear por la húmeda alfombra hasta llegar a una pared, como pude me puse de pie y seguí tanteando, aquí tampoco funcionaban los apagadores.

Llegué hasta los grandes cortineros que cubrían las ventanas, los corrí intentando que entrara algo de luz pero fue en vano, los faroles de la piscina estaban apagados, maldije la ausencia de la luna llena y un grupo de oscuras nubes impedían el resplandor de las estrellas.

A través del vidrio y afinando la vista, logré divisar un pequeño resplandor lejano, creo que venía de un cobertizo, detrás de la piscina.

Un sentimiento de rabia cruzó por mi cabeza, “Coño, ellos están divirtiéndose y al pendejo lo dejaron solo… y a oscuras”, volviéndome la calma pude recordar hacia donde estaba la puerta principal, tropezando logré alcanzarla, cuando intente abrirla me di cuenta que estaba cerrada.

Entonces me acordé que había visto varios manojos de llaves cerca del marco de la puerta, al fin las conseguí y me prepare para probarla una a una.

¡Maldición!, ninguna de las llaves entraba en la cerradura, montaba en cólera y quise descargarla dándole un puntapié a la madera… El dolor fue atroz, me había olvidado que andaba sin zapatos y el golpe terrible se encajo en los dedos, esperé un rato a que pasara el dolor.

De pronto entendí que sí había corriente eléctrica, primero tenía que llegar al mueble y luego debía apagar esa diabólica música que estaba a punto de volverme loco.

Volví arrastrándome nuevamente hacia la puerta, sosteniéndome en ella trate de hacer un mapa mental del lugar donde estaba; a mi derecha tenía los grandes ventanales, después venía la puerta del comedor y la entrada a la biblioteca; a mi izquierda, a unos metros estaba la escalera, le seguía el pasillo que daba hacia el sótano y un poco más allá el mueble del equipo de sonido… ¡y la pantalla gigante de la tv!

Comencé el largo trayecto, el dolor me impedía afincar el pie herido, cuando me faltaba cruzar el espacio del pasillo tropecé nuevamente, algo blando me hizo caer, coloque mis manos apara aguantar el golpe pero resbalaron por la humedad del piso y no pudiendo proteger el rostro, mi nariz fue a parar contra el duro suelo.

Ciego por la oscuridad, sangrando por la nariz y con el pie lastimado…el miedo hizo su aparición.

Llorando, grité y maldije con todas mis fuerzas, quería salir corriendo, me sentía como un ser desvalido, como un minusválido; temblando, puse toda la determinación que me quedaba y arrastrándome logré llegar al mueble, de un solo tirón lance el maldito reproductor al piso, el sonido producido al estrellarse y luego el silencio absoluto se apodero del espacio, por un momento quedé desconcertado y vacío.

Reponiéndome prendí el televisor de plasma, su luz repentina me encegueció, cuando pude recuperar la visión…

…Un enorme grito de terror brotó de mi garganta, no creía lo que estaba al frente.

Un paisaje de locura se me mostraba; junto a los muebles rotos y caídos había trozos de cuerpos tirados por todas partes, las oscuras manchas en el piso y las alfombras eran sangre, también las paredes estaban con huellas de manos ensangrentadas.

Le di todo el brillo de la tele y pude distinguir que en el piso reposaba la silueta de un hacha, sin pensarlo dos veces la tomé y con ella me dirigí sorteando los despojos húmedos y los muebles caídos, hacia la puerta principal.

Con desesperación empecé a darles hachazos a la enorme puerta, cada golpe retumbaba en mi alma, pensaba en mi hija y en mi mujer, me negaba a creer que esos trozos de carnes les pertenecieran a ellas.

Cuando logré derribar parte de ella, volví a distinguir el lejano punto brillante, tenía la certeza que mis dos amadas estaban allí; con furia me dirigí a ese lugar.

Entré al cobertizo y vi a Joaquín recostado de unos troncos, sus ojos estaban cerrados, con odio infinito levanté el hacha con las dos manos por encima de mi cabeza, con los pies le empujaba el cuerpo para que despertara y me viera dándole el golpe final.

De repente una voz potente grito: ¡Alto o le disparo! Del susto me di la vuelta aún con el hacha en la mano y el policía grito nuevamente ¡Baje el arma o lo mato!...

Todo me dio vuelta y caí al suelo sin sentido…