
Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital y no recordaba porque.
Aún aturdido, trate de levantarme y un sinfín de tubos, además de unas enormes esposas, me impedían hacerlo.
En repetidas oportunidades toque el timbre de emergencia llamando a las enfermeras y solo luego de un largo rato entró en la habitación un hombre delgado que con su voz baja y profunda me dijo:
-Entonces amigo Alberto… ¿Puede contarme lo que pasó en esa estancia?
Todavía aturdido, empecé a explicarle el porqué de mi presencia…como fui invitado por mi yerno y todo lo demás; en los primeros interrogatorios oculte lo de las orgias, pero luego de un mes de interrogatorios intensivos, tuve que contarlo todo.
Al finalizar, el hombre de voz profunda: el Comisario Daniel (mi interrogador) me contesto:
-Señor Alberto yo le creo…pero todas las evidencias están en contra suya…
Dios lo ayude.
El Juicio fue largo, casi un año estuve detenido en la comisaría; pero todo me incriminaba: la policía me encontró “Infraganti” con el hacha asesina en mis manos, según el abogado acusador “Con ella había descuartizado a todos incluyendo a mi familia”.
Las huellas de mis manos en las paredes indicaba, según los periódicos, que yo estaba realizando un acto vandálico que tenía que ver con alguna secta diabólica a la cual yo pertenecía, en mi cuerpo se encontraron altas dosis de alcohol y en los otros cuerpos rastros abundantes de drogas fuertes; en cuanto a Joaquín: yo le habría inyectado para luego despedazarlo, lo cual había impedido la policía, lamentablemente la sustancia inyectada le había causado un infarto.
El Juez de la causa dictamino mi culpabilidad… y debido a que mi “Inclinación constante a la violencia” debía ser tratada siquiátricamente, me sentencio a 15 años de cárcel y fuí asignado a la Prisión hospitalaria: “El Siquiátrico San Jorge”, manejado por policías, curas y monjas.
Este mal llamado “Hospital”, es un complejo de edificaciones que abarca una gran extensión en las afueras de la capital; está compuesto por tres secciones:
La sección carcelaria o “Casa de Rehabilitación e Inclusión a la Sociedad de La Cofradía de Hermanos de San Jorge”: Llamada por los reos: “La Casa Gris”; es una edificación considerada de máxima seguridad, habitada por presos y enfermos con características esquizofrénicas.
El “Siquiátrico San Jorge”: Es el hospital propiamente dicho donde están recluidos los presos y enfermos cuyos problemas mentales no presenten “Riesgos a la Sociedad”.
Y el “Centro de Beneficencia de la Cofradía de los Hermanos de San Jorge”: Conocido por la mayoría como “El Colegio de los pobres”: donde reciben clases, comida y (muchos de ellos) viviendas, los niños y adolescentes de escasos recursos.
Mis primeros dos años fueron de “Vigilancia Médica”, enclaustrado dentro de una habitación donde era monitoreado día y noche; la cual solo abandonaba cada cierto tiempo para enfrentarme a un grupo de médico y sacerdotes, que además de contestarles sus estúpidas preguntas, me imponían el castigo de rezar todos los días y pedir perdón a Dios por el mal que había hecho.
Cuando rondaba mi tercer año de presidio, notaron que yo no era un “reo-paciente inclinado hacia la violencia” y que mi condición era más bien sumisa, me cambiaron a la sección del hospital, asignándome un trabajo: el cual consistía en realizar la limpieza de la capilla, las habitaciones de las monjas y los curas, las aéreas y salones de clase, entre otras cosas.
En el hospital vivían varias de “las hermanitas de la caridad” las cuales deambulaban por los pasillos, descalzas y rezando cabizbajas; también estaban allí un grupo de sacerdotes de los cuales el Padre Manuel, un viejo como de sesenta años, era el mandamás de esta parte de la prisión.
Mis visitas eran muy esporádicas: amigos que se acercaban algunas veces, mis hermanos que venían de vez en cuando…
…y el comisario Daniel, al cual aprendí a querer: aún mantenía el caso (como lo llamo la gran prensa del “Loco de las manos manchadas”) abierto, asegurándome que seguiría investigando ya que él me consideraba inocente.
Un día que limpiaba la Capilla escuche un leve ruido dentro de la sacristía, pensando que habría alguna rata, me acerque muy despacio con la escoba levantada y suavemente entreabrí la puerta, aunque nunca he creído en los curas lo que vi me impresiono: estaba un niño vestido de monaguillo, como de 13 años, arrodillado ante el padre Manuel, pensé “está dándole la bendición”.
Pero no, la sotana del cura estaba levantada y cuando la abrió: un descomunal pene hizo su aparición.
Con las dos manos sostuvo el rostro del chico y hablándole dulcemente de pecados y penitencias, restregaba mientras tanto su glande sobre los labios y la lengua de su víctima; luego con un poco de fuerza logró introducirlo en aquella pequeña boca, era tan grande que varias veces el niño estuvo a puno de vomitar.
Mientras disfrutaba, el viejo sinvergüenza rezaba algunas letanías y le explicaba al monaguillo que estos “actos divinos”, eran parte de la penitencia que nuestro Padre Salvador le ofrecía, por medio de su persona, para recuperar su extraviado cielo.
Al cabo de varios “padres nuestros” y una que otra "Ave María", lo volteó y bajándole los pantaloncillos lo colocó en posición perruna, le dio unas palmaditas en sus pálidas nalgas y untándole grasa en su culito, procedió a penetrarlo.
La mano izquierda del sacerdote apretaba la boca de la criatura, evitando el grito, mientras la otra sostenía su abdomen para aguantar el empuje de su miembro hasta el fondo; al cabo de un rato de movimientos pélvicos, nuevamente se lo colocó en la boca para acabar llenándosela con una mescla de leche y sangre.
Casi desfallecido, el pequeño logró limpiarse y ponerse los pantalones; el cura abrazándolo le dio: con una mano, algunas monedas y con la otra sus bendiciones, advirtiéndole al jovencito el pecado mortal que cometería si divulgara el secreto de la confección y sus respectivas penitencias.
Con mucha rabia me retire, me provocaba ser en realidad violento y matar al bendito cura, pero no hice nada.
Esta misma escena se repitió varias veces con distintos niños, durante mi estadía.
Otra vez estaba limpiando uno de los baños que están dentro del salón de catecismo y escuche que se acercaba el cura Antonio, es el maestro de catequesis, venía con algunos chiquillos, pensé que eran los próximos en hacer su primera comunión.
Como tenía prohibido bajo castigo, el contacto con personas que no fueran mis guardianes y esto incluía a los niños del área escolar, me oculté mientras terminaban su clase y se marchaban.
Estaba sentado en el retrete esperando, cuando oí una algarabía infantil, parecía que los niños se estaban divirtiéndo y esto en clase de catecismo… era imposible.
Con mucho sigilo me asome y vi que el cura tenia a dos niñas sentadas a horcajas sobre sus piernas, mostrándole a todos como fue que “Jesús llegó a Belén dando saltitos en un burriquito”, aprovechaba para mover sus piernas arriba y abajo, frotando las nalgas de las carricitas.
Conociendo a los curas de esa escuela, puse más detenimiento, el sacerdote sostenía a las niñas colocando su mano entre las piernas de una de las chiquillas sobándola disimuladamente y ella para no caerse: con una mano se sostenían del brazo y la otra la colocaba entre las piernas del tipo; como es natural la sotana dejaba ver el bulto fálico y en ese bulto su mano mantenía aprisionada la mano de una de las niñas.
Los ojos del tío se saltaban de placer y en el éxtasis final, se desorbitaron; y entre la risa de los niños, su mano mantenía obligaba a la niña a sobarle el pene sobre su toga.
Cuando se levantó, volví rápidamente a esconderme, tuve suerte que el padre entrara al otro baño…
…allí le escuche decir “Coño, debí haberme dejado los calzoncillos, ahora tengo la sotana llena de leche”.
En cuanto a las monjas: estaba Sor Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.
Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…


No hay comentarios:
Publicar un comentario