
Cosas que pasan (10 parte)
En cuanto a las monjas: estaba la madre Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.
Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…
Igualmente estaba Sor Rosana, siempre rodeada de las hijas de los empleados, todos hablaban de que era una verdadera madre para esas niñas, casi todos los días recibían clases y luego salían a pasear por los alrededores de la edificación, jugando al escondite y a la pelota.
A los alrededores del hospital y de la escuela están los jardines, es la parte más hermosa de esta horrenda edificación, a pesar que no fueron diseñados por algún arquitecto, sus árboles han crecido de forma ordenada, en sus ramas más altas tienen su reino las orquídeas y las bromelias, entre sus tallos abundan los helechos; los nidos de las aves crecen como si fueran hojas, y por la tarde el canto de las aves confiere a este infierno, la alegría de un paraíso.
Un día que estaba podando los rosales salvajes, escuche unos ruidos, empecé a buscar la procedencia de aquel sonido que más parecía un quejido, al acercarme al ranchón de las herramientas pude distinguir que dicho sonido era de personas, con sigilo me asomé un poco a las ventanas y a través del sucio cristal, pude distinguir a dos niñas (tendrían como 14 años) recostadas de un barril, estaban totalmente desnudas, creí ver a josefina la hija del cocinero y a panchita, la niña huérfana que cuidaba la monja llamada Rosana.
En silencio, abrí la puerta y me escondí detrás de unos bidones viejos donde no pudiera verme las niñas; a pesar de la penumbra que había en la habitación pude distinguir que estaban besándose y acariciando sus partes, lo que pensé eran sollozos, resultaban gemidos de placer.
Atónito veía como juanita pasaba su lengua por el cuello de la otra y poco a poco fue bajando sus labios hasta llegar a la entrepiernas de paquita, que jadeando se abría en forma de horqueta diciéndole…”dame más y dale duro” …esta en retribución tocaba con sus dedos el clítoris de la otra, al ver aquellas pichonas acariciándose, sentí como mi polla peleaba por salirse del pantalón, sin aguantar más me baje el cierre y comencé a masturbarme ante aquella escena…
Luego panchita dándose la vuelta y levantando su colita, le dijo a Juana,…“mamame el culo", la otra no se hizo rogar, enseguida tomo las nalgas de la niña y abriéndola hasta donde pudo, hundió su cara metiendo la lengua hasta el fondo de su ano; en la penumbra se oía el susurrar de las niñas …
“Dame mas, húndete en mi hueco y chúpame las entrañas”
Estaba a punto de acabar, cuando de pronto, casi detrás de mí, alguien abrió suavemente la puerta, era la hermana: Rosana; dije para mis adentros “pobres chicas el castigo que se les viene es de padre y señor nuestro”.
Pero en cambio escuche a la religiosa decirles dulcemente…
”Cariños porque no me esperaron...estaban tan cachondas que empezaron si mí”
Y la monja sin decir nada se subió los faldones; atónito, casi grito, logré ver que entre sus piernas habitaba una gran culebra, las niñas desaforadas se abalanzaron ante aquella inmensa polla y comenzaron a mamársela y ella (o él), les acariciaba el cabello…
“Suave mis niñas… denle suaves, que hay para las dos”… repetía.
Asustado no sabía qué hacer, pensé en irme pero el miedo me mantenía estático, al cabo de un rato, el tipo tomó a la pequeña juanita, acostándola sobre un mugriento trapo le espernanco las piernas y le introdujo el miembro, primero fue despacio y luego los movimientos se hicieron más rápidos, pero mi mente no entendía como la pequeña no gritaba, entonces comprendí que no era la primera vez.
Mientras Panchita aguantaba en su interior aquel monstruoso animal, Juanita se le ponía su pollita frente a Rosana, permitiéndole a esta que sus labios y su lengua jugara con su clítoris.
Rosana mientras gozba, le susurraba las niñas:
“Que bien han aprendido mis bebes, ahora sí puedo decirles mis puticas del alma”
Y ambas jadeando contestaban: “Si madrecita, si”
Así estuvieron un buen rato hasta que la bestia sacando el miembro de la menuda cuquita y en una explosión de varonilidad lanzó un chorro de leche que por poco me mancha a mí.
Luego como si nada hubiera pasado, las tres se vistieron y juntas salieron tomadas de la mano.
Me quede solo en aquel lugar que olía a sexo, cerré los ojos y rememorando lo ocurrido, termine acariciando mi pene...soñando que ambas niñas me lo mamaban.
Salí distraído, estaba limpiándome el miembro con un pedazo de pañuelo, cuando al subir el rostro, casi me muero del susto, estaba frente a mí la madre Francisca; quede petrificado, como un idiota estaba parado ante una de las máximas autoridades de la escuela…y con una mano sostenía él todavía erecto miembro y en la otra estaba el trapo sucio, lleno de leche…
Con su voz perversa, me dijo: “Sr. Alberto, se puede saber qué hace usted aquí”, tartamudeando le contesté, “Perdóneme hermana, solo estaba limpiando el ranchón”.
Y nuevamente me inquirió… ¿“Con ese trapo?
En ese momento como pude logré guardar mi pene, y sudando baje la cabeza para retirarme. Había dado unos cuantos pasos, cuando nuevamente la monja me inquirió…
¿Me imagino Sr. Alberto que no estaría espiando a la hermana Rosana?
¡No...¡ ¡No...¡ No… ¡le contesté, y tuve que aguantar las ganas de huir de ese lugar.
Cabizbajo y temblando me retire rogando a Dios no me castigaran, ahora entendía que la madre Francisca, no solamente era la jefa de las demás monjas, sino también estaba al tanto de las depravaciones que allí se realizaban.
En cuanto a las monjas: estaba la madre Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.
Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…
Igualmente estaba Sor Rosana, siempre rodeada de las hijas de los empleados, todos hablaban de que era una verdadera madre para esas niñas, casi todos los días recibían clases y luego salían a pasear por los alrededores de la edificación, jugando al escondite y a la pelota.
A los alrededores del hospital y de la escuela están los jardines, es la parte más hermosa de esta horrenda edificación, a pesar que no fueron diseñados por algún arquitecto, sus árboles han crecido de forma ordenada, en sus ramas más altas tienen su reino las orquídeas y las bromelias, entre sus tallos abundan los helechos; los nidos de las aves crecen como si fueran hojas, y por la tarde el canto de las aves confiere a este infierno, la alegría de un paraíso.
Un día que estaba podando los rosales salvajes, escuche unos ruidos, empecé a buscar la procedencia de aquel sonido que más parecía un quejido, al acercarme al ranchón de las herramientas pude distinguir que dicho sonido era de personas, con sigilo me asomé un poco a las ventanas y a través del sucio cristal, pude distinguir a dos niñas (tendrían como 14 años) recostadas de un barril, estaban totalmente desnudas, creí ver a josefina la hija del cocinero y a panchita, la niña huérfana que cuidaba la monja llamada Rosana.
En silencio, abrí la puerta y me escondí detrás de unos bidones viejos donde no pudiera verme las niñas; a pesar de la penumbra que había en la habitación pude distinguir que estaban besándose y acariciando sus partes, lo que pensé eran sollozos, resultaban gemidos de placer.
Atónito veía como juanita pasaba su lengua por el cuello de la otra y poco a poco fue bajando sus labios hasta llegar a la entrepiernas de paquita, que jadeando se abría en forma de horqueta diciéndole…”dame más y dale duro” …esta en retribución tocaba con sus dedos el clítoris de la otra, al ver aquellas pichonas acariciándose, sentí como mi polla peleaba por salirse del pantalón, sin aguantar más me baje el cierre y comencé a masturbarme ante aquella escena…
Luego panchita dándose la vuelta y levantando su colita, le dijo a Juana,…“mamame el culo", la otra no se hizo rogar, enseguida tomo las nalgas de la niña y abriéndola hasta donde pudo, hundió su cara metiendo la lengua hasta el fondo de su ano; en la penumbra se oía el susurrar de las niñas …
“Dame mas, húndete en mi hueco y chúpame las entrañas”
Estaba a punto de acabar, cuando de pronto, casi detrás de mí, alguien abrió suavemente la puerta, era la hermana: Rosana; dije para mis adentros “pobres chicas el castigo que se les viene es de padre y señor nuestro”.
Pero en cambio escuche a la religiosa decirles dulcemente…
”Cariños porque no me esperaron...estaban tan cachondas que empezaron si mí”
Y la monja sin decir nada se subió los faldones; atónito, casi grito, logré ver que entre sus piernas habitaba una gran culebra, las niñas desaforadas se abalanzaron ante aquella inmensa polla y comenzaron a mamársela y ella (o él), les acariciaba el cabello…
“Suave mis niñas… denle suaves, que hay para las dos”… repetía.
Asustado no sabía qué hacer, pensé en irme pero el miedo me mantenía estático, al cabo de un rato, el tipo tomó a la pequeña juanita, acostándola sobre un mugriento trapo le espernanco las piernas y le introdujo el miembro, primero fue despacio y luego los movimientos se hicieron más rápidos, pero mi mente no entendía como la pequeña no gritaba, entonces comprendí que no era la primera vez.
Mientras Panchita aguantaba en su interior aquel monstruoso animal, Juanita se le ponía su pollita frente a Rosana, permitiéndole a esta que sus labios y su lengua jugara con su clítoris.
Rosana mientras gozba, le susurraba las niñas:
“Que bien han aprendido mis bebes, ahora sí puedo decirles mis puticas del alma”
Y ambas jadeando contestaban: “Si madrecita, si”
Así estuvieron un buen rato hasta que la bestia sacando el miembro de la menuda cuquita y en una explosión de varonilidad lanzó un chorro de leche que por poco me mancha a mí.
Luego como si nada hubiera pasado, las tres se vistieron y juntas salieron tomadas de la mano.
Me quede solo en aquel lugar que olía a sexo, cerré los ojos y rememorando lo ocurrido, termine acariciando mi pene...soñando que ambas niñas me lo mamaban.
Salí distraído, estaba limpiándome el miembro con un pedazo de pañuelo, cuando al subir el rostro, casi me muero del susto, estaba frente a mí la madre Francisca; quede petrificado, como un idiota estaba parado ante una de las máximas autoridades de la escuela…y con una mano sostenía él todavía erecto miembro y en la otra estaba el trapo sucio, lleno de leche…
Con su voz perversa, me dijo: “Sr. Alberto, se puede saber qué hace usted aquí”, tartamudeando le contesté, “Perdóneme hermana, solo estaba limpiando el ranchón”.
Y nuevamente me inquirió… ¿“Con ese trapo?
En ese momento como pude logré guardar mi pene, y sudando baje la cabeza para retirarme. Había dado unos cuantos pasos, cuando nuevamente la monja me inquirió…
¿Me imagino Sr. Alberto que no estaría espiando a la hermana Rosana?
¡No...¡ ¡No...¡ No… ¡le contesté, y tuve que aguantar las ganas de huir de ese lugar.
Cabizbajo y temblando me retire rogando a Dios no me castigaran, ahora entendía que la madre Francisca, no solamente era la jefa de las demás monjas, sino también estaba al tanto de las depravaciones que allí se realizaban.


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