lunes, 20 de junio de 2011

Cosas que pasan (14ava Parte)

cosas que me pasan (14)

Cosas que pasan

Parte 14

Y así pasaron tres meses, día y noche tendido en esa cama, permanentemente dopado y sujeto a cualquiera de las ideas diabólicas que se le ocurriera a la “Bruja-Hermana Mayor”; ya no me tenían con amarras, pues daba igual, era tanto la droga que corría por mi cuerpo, que andaba como un Zombie esperando ser empujado por otros.

La monja encargada de mi aseo, cosa que ocurría cada cierto tiempo, primero me metía en la ducha con ropa, y con una manguera me enviaba un chorro de agua con jabón, luego a gritos me obligaba a despojarme de ella y colocarla en un tobo, nuevamente el jabón chorreaba por todo el baño, entonces con mucha delicadeza, se quitaba y doblaba sus hábitos, y desnuda se metía en la ducha para frotándome con una esponja dura todo mi cuerpo.

Empezaba por mi cabeza, seguía con las axilas y bajaba hasta la ingle, allí se detenía y frotaba vigorosamente mi pene hasta lograr una mediana erección; al alcanzarla se arrodillaba y se metía mi verga entre sus pequeños labios, mientras sus dedos recorrían mis nalgas jugueteando con mi culo; luego de un buen rato, comenzaba a subir su lengua, lamiéndome todo en su recorrido y poco a poco me empujaba por los hombros obligándome a ponerme de rodillas, y frotando mi rostro sin afeitar entre sus piernas, empezaba a masturbarse con mi barbilla.

Ya secos me daba una muda de ropa limpia, no sin antes obligarme a pasarle mi lengua por su culo; no recuerdo si yo acababa, pero estoy seguro que ella sí.

Otra forma de abuso, eran con la comida, la cual también era racionada, con intervalos de varios días, ella era servida por la bruja mayor y colocada en el suelo, y yo tenía que agacharme como un perro, mientras la monja diabólica se trepada en mi espalda y luego de bajarme el pantalón, me golpeaba con un fuete, para luego introducirme, su mango, en mi culo; era tanto el desespero del hambre, que lo único que me importaba era inclinar la cabeza como un animal, y sorber aquella mugrosa sopa.

Un día se escucho una revuelta, llegó el Comisario Daniel a mi habitación, luego me contaría que muchas veces estuvo aquí y las monjas no le permitieron la entrada bajo la escusa de que mi estado anímico era muy delicado y que su visita podía complicármelo más.

Esa tarde venía con una orden judicial y acompañado de varios gendarmes; con solo mirarme a los ojos supo que estaba drogado, inmediatamente llamó al médico del siquiátrico y este no tuvo respuesta alguna sobre mi estado de salud.

Ordenó que me cambiaran de habitación, trajeron un galeno de otro hospital y colocaron guardia permanente, prohibiéndoles la entrada a cualquier personal, que no fuera nombrado por el Comisario.

A los pocos días pude sostenerme y balbucear algunas palabras, el comisario me daba ánimos diciéndome: “tranquilo, tómatelo con calma, primero te recuperas y luego me hablas de lo que quieras”.

Tendrían que pasar dos semanas más para recuperar mi voz y contarle a la policía todo lo que sabía sobre este maldito siquiátrico; fueron tres días seguidos de declaraciones y preguntas.

Al cuarto día vino  nuevamente el comisario, pensé que seguirían las interrogaciones, pero él me dijo que estaba vez necesitaba conversar conmigo:

“Mira Alberto -al fin volvía a escuchar mí nombre otra vez-, nunca abandone del todo tu caso, había algo que no encajaba sobre la muerte de tu familia y de las otras personas, cada fin de semana que tenía libre me andaba de paseo por las ruinas de la casona y sobre todo hurgando en el cobertizo.

El mes pasado, mientras revisaba, tropecé con un madero y algo de él no me gusto, traté de levantarlo y estaba fuertemente sujeto al piso, entonces vi que su posición no estaba de acuerdo con los otros; mientras menos podía zafarlo, algo en mi interior me instaba a hacerlo.

Fui hasta el coche patrulla y me traje una “pata e ‘cabra” para utilizarla como palanca, no logré despegar el madero, en cambio una parte del roído piso se levantó… ¡Eureka! Era como una pequeña puerta que dejaba al descubierto un hueco… y ¡Allí! Estaba un cofre de mediano tamaño, cerrado por un antiguo candado.

Inmediatamente recordé que en una de mis anteriores visitas, había tropezado con una hermosa llave antigua, muy bien conservada, que desde ese día paso a ser parte de mi colección de cosas viejas.

Como pude metí el pesado cofre en la maleta del auto y lo lleve a mi apartamento.

Al abrirlo conseguí además de unos  bonos bancarios y unos cuantos dólares, una carta escrita por Joaquín, donde explicaba el por qué y él como, fueron asesinadas todas esas persona, y además como te involucraría a ti, al suicidarse, de esos hechos. Nuevamente llevé el cofre al cobertizo y llamé al Sargento Mosqueda para que me sirviera de testigo en su apertura.

La carta se la lleve al juez de tu caso y luego de muchas experticias, tomó la decisión de absolverte  de los cargos de asesinato… Alberto… ¡Eres Libre!...

…¡Y yo lo sospechaba!”.

Luego de escuchar aquella confesión mis ojos se llenaron de lágrimas, aquel duro policía tomó cariñosamente mis manos y consolándome me dijo…”ya amigo, ya pasara todo…”

¡Soy Libre!    ¡Soy Libre! 

Me repetía constantemente.

Luego de esto, continuaron los interrogatorios sobre lo que pasaba en este sitio de reclusión, con la orden de allanamiento detuvieron a sus cuidadores y responsables; posteriormente revisando los frondosos jardines, que yo con mucho amor cultivaba, lograron encontrar varias fosas llena de cadáveres, que luego de los exámenes forenses, se determinaron que casi todos esos cuerpos murieron torturados, al igual que Juan Manuel.

Yo al fin estaba libre, pero luego de mi “euforia libertaria”, me encontraba… sin nadie, no tenía familia, ni trabajo, ni casa donde pasar la noche, sin un peso en mi bolsillo…y sin amigos a quien pedir auxilio…


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