viernes, 27 de agosto de 2010

Cosas Que Pasan (10ma parte)


Cosas que pasan (10 parte)

En cuanto a las monjas: estaba la madre Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.

Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…

Igualmente estaba Sor Rosana, siempre rodeada de las hijas de los empleados, todos hablaban de que era una verdadera madre para esas niñas, casi todos los días recibían clases y luego salían a pasear por los alrededores de la edificación, jugando al escondite y a la pelota.

A los alrededores del hospital y de la escuela están los jardines, es la parte más hermosa de esta horrenda edificación, a pesar que no fueron diseñados por algún arquitecto, sus árboles han crecido de forma ordenada, en sus ramas más altas tienen su reino las orquídeas y las bromelias, entre sus tallos abundan los helechos; los nidos de las aves crecen como si fueran hojas, y por la tarde el canto de las aves confiere a este infierno, la alegría de un paraíso.

Un día que estaba podando los rosales salvajes, escuche unos ruidos, empecé a buscar la procedencia de aquel sonido que más parecía un quejido, al acercarme al ranchón de las herramientas pude distinguir que dicho sonido era de personas, con sigilo me asomé un poco a las ventanas y a través del sucio cristal, pude distinguir a dos niñas (tendrían como 14 años) recostadas de un barril, estaban totalmente desnudas, creí ver a josefina la hija del cocinero y a panchita, la niña huérfana que cuidaba la monja llamada Rosana.

En silencio, abrí la puerta y me escondí detrás de unos bidones viejos donde no pudiera verme las niñas; a pesar de la penumbra que había en la habitación pude distinguir que estaban besándose y acariciando sus partes, lo que pensé eran sollozos, resultaban gemidos de placer.

Atónito veía como juanita pasaba su lengua por el cuello de la otra y poco a poco fue bajando sus labios hasta llegar a la entrepiernas de paquita, que jadeando se abría en forma de horqueta diciéndole…”dame más y dale duro” …esta en retribución tocaba con sus dedos el clítoris de la otra, al ver aquellas pichonas acariciándose, sentí como mi polla peleaba por salirse del pantalón, sin aguantar más me baje el cierre y comencé a masturbarme ante aquella escena…

Luego panchita dándose la vuelta y levantando su colita, le dijo a Juana,…“mamame el culo", la otra no se hizo rogar, enseguida tomo las nalgas de la niña y abriéndola hasta donde pudo, hundió su cara metiendo la lengua hasta el fondo de su ano; en la penumbra se oía el susurrar de las niñas …

“Dame mas, húndete en mi hueco y chúpame las entrañas”

Estaba a punto de acabar, cuando de pronto, casi detrás de mí, alguien abrió suavemente la puerta, era la hermana: Rosana; dije para mis adentros “pobres chicas el castigo que se les viene es de padre y señor nuestro”.

Pero en cambio escuche a la religiosa decirles dulcemente…

”Cariños porque no me esperaron...estaban tan cachondas que empezaron si mí”

Y la monja sin decir nada se subió los faldones; atónito, casi grito, logré ver que entre sus piernas habitaba una gran culebra, las niñas desaforadas se abalanzaron ante aquella inmensa polla y comenzaron a mamársela y ella (o él), les acariciaba el cabello…

“Suave mis niñas… denle suaves, que hay para las dos”… repetía.

Asustado no sabía qué hacer, pensé en irme pero el miedo me mantenía estático, al cabo de un rato, el tipo tomó a la pequeña juanita, acostándola sobre un mugriento trapo le espernanco las piernas y le introdujo el miembro, primero fue despacio y luego los movimientos se hicieron más rápidos, pero mi mente no entendía como la pequeña no gritaba, entonces comprendí que no era la primera vez.
Mientras Panchita aguantaba en su interior aquel monstruoso animal, Juanita se le ponía su pollita frente a Rosana, permitiéndole a esta que sus labios y su lengua jugara con su clítoris.

Rosana mientras gozba, le susurraba las niñas:
“Que bien han aprendido mis bebes, ahora sí puedo decirles mis puticas del alma”

Y ambas jadeando contestaban: “Si madrecita, si”

Así estuvieron un buen rato hasta que la bestia sacando el miembro de la menuda cuquita y en una explosión de varonilidad lanzó un chorro de leche que por poco me mancha a mí.

Luego como si nada hubiera pasado, las tres se vistieron y juntas salieron tomadas de la mano.

Me quede solo en aquel lugar que olía a sexo, cerré los ojos y rememorando lo ocurrido, termine acariciando mi pene...soñando que ambas niñas me lo mamaban.

Salí distraído, estaba limpiándome el miembro con un pedazo de pañuelo, cuando al subir el rostro, casi me muero del susto, estaba frente a mí la madre Francisca; quede petrificado, como un idiota estaba parado ante una de las máximas autoridades de la escuela…y con una mano sostenía él todavía erecto miembro y en la otra estaba el trapo sucio, lleno de leche…

Con su voz perversa, me dijo: “Sr. Alberto, se puede saber qué hace usted aquí”, tartamudeando le contesté, “Perdóneme hermana, solo estaba limpiando el ranchón”.
Y nuevamente me inquirió… ¿“Con ese trapo?

En ese momento como pude logré guardar mi pene, y sudando baje la cabeza para retirarme. Había dado unos cuantos pasos, cuando nuevamente la monja me inquirió…

¿Me imagino Sr. Alberto que no estaría espiando a la hermana Rosana?

¡No...¡ ¡No...¡ No… ¡le contesté, y tuve que aguantar las ganas de huir de ese lugar.
Cabizbajo y temblando me retire rogando a Dios no me castigaran, ahora entendía que la madre Francisca, no solamente era la jefa de las demás monjas, sino también estaba al tanto de las depravaciones que allí se realizaban.

domingo, 8 de agosto de 2010

Cosas que pasan (9na Parte)



Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital y no recordaba porque.
Aún aturdido, trate de levantarme y un sinfín de tubos, además de unas enormes esposas, me impedían hacerlo.

En repetidas oportunidades toque el timbre de emergencia llamando a las enfermeras y solo luego de un largo rato entró en la habitación un hombre delgado que con su voz baja y profunda me dijo:

-Entonces amigo Alberto… ¿Puede contarme lo que pasó en esa estancia?

Todavía aturdido, empecé a explicarle el porqué de mi presencia…como fui invitado por mi yerno y todo lo demás; en los primeros interrogatorios oculte lo de las orgias, pero luego de un mes de interrogatorios intensivos, tuve que contarlo todo.

Al finalizar, el hombre de voz profunda: el Comisario Daniel (mi interrogador) me contesto:

-Señor Alberto yo le creo…pero todas las evidencias están en contra suya…
Dios lo ayude.

El Juicio fue largo, casi un año estuve detenido en la comisaría; pero todo me incriminaba: la policía me encontró “Infraganti” con el hacha asesina en mis manos, según el abogado acusador “Con ella había descuartizado a todos incluyendo a mi familia”.

Las huellas de mis manos en las paredes indicaba, según los periódicos, que yo estaba realizando un acto vandálico que tenía que ver con alguna secta diabólica a la cual yo pertenecía, en mi cuerpo se encontraron altas dosis de alcohol y en los otros cuerpos rastros abundantes de drogas fuertes; en cuanto a Joaquín: yo le habría inyectado para luego despedazarlo, lo cual había impedido la policía, lamentablemente la sustancia inyectada le había causado un infarto.

El Juez de la causa dictamino mi culpabilidad… y debido a que mi “Inclinación constante a la violencia” debía ser tratada siquiátricamente, me sentencio a 15 años de cárcel y fuí asignado a la Prisión hospitalaria: “El Siquiátrico San Jorge”, manejado por policías, curas y monjas.

Este mal llamado “Hospital”, es un complejo de edificaciones que abarca una gran extensión en las afueras de la capital; está compuesto por tres secciones:

La sección carcelaria o “Casa de Rehabilitación e Inclusión a la Sociedad de La Cofradía de Hermanos de San Jorge”: Llamada por los reos: “La Casa Gris”; es una edificación considerada de máxima seguridad, habitada por presos y enfermos con características esquizofrénicas.

El “Siquiátrico San Jorge”: Es el hospital propiamente dicho donde están recluidos los presos y enfermos cuyos problemas mentales no presenten “Riesgos a la Sociedad”.

Y el “Centro de Beneficencia de la Cofradía de los Hermanos de San Jorge”: Conocido por la mayoría como “El Colegio de los pobres”: donde reciben clases, comida y (muchos de ellos) viviendas, los niños y adolescentes de escasos recursos.

Mis primeros dos años fueron de “Vigilancia Médica”, enclaustrado dentro de una habitación donde era monitoreado día y noche; la cual solo abandonaba cada cierto tiempo para enfrentarme a un grupo de médico y sacerdotes, que además de contestarles sus estúpidas preguntas, me imponían el castigo de rezar todos los días y pedir perdón a Dios por el mal que había hecho.

Cuando rondaba mi tercer año de presidio, notaron que yo no era un “reo-paciente inclinado hacia la violencia” y que mi condición era más bien sumisa, me cambiaron a la sección del hospital, asignándome un trabajo: el cual consistía en realizar la limpieza de la capilla, las habitaciones de las monjas y los curas, las aéreas y salones de clase, entre otras cosas.

En el hospital vivían varias de “las hermanitas de la caridad” las cuales deambulaban por los pasillos, descalzas y rezando cabizbajas; también estaban allí un grupo de sacerdotes de los cuales el Padre Manuel, un viejo como de sesenta años, era el mandamás de esta parte de la prisión.

Mis visitas eran muy esporádicas: amigos que se acercaban algunas veces, mis hermanos que venían de vez en cuando…

…y el comisario Daniel, al cual aprendí a querer: aún mantenía el caso (como lo llamo la gran prensa del “Loco de las manos manchadas”) abierto, asegurándome que seguiría investigando ya que él me consideraba inocente.

Un día que limpiaba la Capilla escuche un leve ruido dentro de la sacristía, pensando que habría alguna rata, me acerque muy despacio con la escoba levantada y suavemente entreabrí la puerta, aunque nunca he creído en los curas lo que vi me impresiono: estaba un niño vestido de monaguillo, como de 13 años, arrodillado ante el padre Manuel, pensé “está dándole la bendición”.

Pero no, la sotana del cura estaba levantada y cuando la abrió: un descomunal pene hizo su aparición.

Con las dos manos sostuvo el rostro del chico y hablándole dulcemente de pecados y penitencias, restregaba mientras tanto su glande sobre los labios y la lengua de su víctima; luego con un poco de fuerza logró introducirlo en aquella pequeña boca, era tan grande que varias veces el niño estuvo a puno de vomitar.

Mientras disfrutaba, el viejo sinvergüenza rezaba algunas letanías y le explicaba al monaguillo que estos “actos divinos”, eran parte de la penitencia que nuestro Padre Salvador le ofrecía, por medio de su persona, para recuperar su extraviado cielo.

Al cabo de varios “padres nuestros” y una que otra "Ave María", lo volteó y bajándole los pantaloncillos lo colocó en posición perruna, le dio unas palmaditas en sus pálidas nalgas y untándole grasa en su culito, procedió a penetrarlo.

La mano izquierda del sacerdote apretaba la boca de la criatura, evitando el grito, mientras la otra sostenía su abdomen para aguantar el empuje de su miembro hasta el fondo; al cabo de un rato de movimientos pélvicos, nuevamente se lo colocó en la boca para acabar llenándosela con una mescla de leche y sangre.

Casi desfallecido, el pequeño logró limpiarse y ponerse los pantalones; el cura abrazándolo le dio: con una mano, algunas monedas y con la otra sus bendiciones, advirtiéndole al jovencito el pecado mortal que cometería si divulgara el secreto de la confección y sus respectivas penitencias.

Con mucha rabia me retire, me provocaba ser en realidad violento y matar al bendito cura, pero no hice nada.

Esta misma escena se repitió varias veces con distintos niños, durante mi estadía.

Otra vez estaba limpiando uno de los baños que están dentro del salón de catecismo y escuche que se acercaba el cura Antonio, es el maestro de catequesis, venía con algunos chiquillos, pensé que eran los próximos en hacer su primera comunión.

Como tenía prohibido bajo castigo, el contacto con personas que no fueran mis guardianes y esto incluía a los niños del área escolar, me oculté mientras terminaban su clase y se marchaban.

Estaba sentado en el retrete esperando, cuando oí una algarabía infantil, parecía que los niños se estaban divirtiéndo y esto en clase de catecismo… era imposible.

Con mucho sigilo me asome y vi que el cura tenia a dos niñas sentadas a horcajas sobre sus piernas, mostrándole a todos como fue que “Jesús llegó a Belén dando saltitos en un burriquito”, aprovechaba para mover sus piernas arriba y abajo, frotando las nalgas de las carricitas.

Conociendo a los curas de esa escuela, puse más detenimiento, el sacerdote sostenía a las niñas colocando su mano entre las piernas de una de las chiquillas sobándola disimuladamente y ella para no caerse: con una mano se sostenían del brazo y la otra la colocaba entre las piernas del tipo; como es natural la sotana dejaba ver el bulto fálico y en ese bulto su mano mantenía aprisionada la mano de una de las niñas.

Los ojos del tío se saltaban de placer y en el éxtasis final, se desorbitaron; y entre la risa de los niños, su mano mantenía obligaba a la niña a sobarle el pene sobre su toga.

Cuando se levantó, volví rápidamente a esconderme, tuve suerte que el padre entrara al otro baño…

…allí le escuche decir “Coño, debí haberme dejado los calzoncillos, ahora tengo la sotana llena de leche”.

En cuanto a las monjas: estaba Sor Francisca, de todas ellas era la que por su jerarquía alzaba más la voz, esto me hacía enterarme donde estaba, ya que además de mandamás, era de muy mal talante para conmigo y por ende no debía tropezarme con ella.

Las cocineras me hablaban barbaridades de su persona…