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| en el clautro |
Los últimos acontecimientos
El sonido de una reja cerrándose, se mesclaba con las sirenas y las luces de los carros de la policía y de las ambulancias; unas fuertes luces alumbraban la ahora horrible fachada de le escuela y el hospital, donde la estatua de un San Jorge se reía del mundo.
Los oficiales y las enfermeras entraban y salían sacando a los últimos pacientes que todavía quedaban en el área de hospitalización.
Entonces los vi, primero paso el cura Manuel, director de la institución, cabizbajo, con las manos esposadas y sin sotana; luego en fila india marchaban las monjas, les habían quitado sus atuendos religiosos y venían vestidas de paisano, pude distinguir a la madre Francisca, sus ojos de arpía brillaban de rabia, a la hermana Rosana la vistieron con pantalón, y al final estaba el padre Antonio, venia sostenido por sendos sargentos, llorando como una niña.
Los vecinos y las madres que tenían niños en la escuelita, se habían acercado para ver el espectáculo y enardecidas gritaban:
¡Malditos! ¡Perros! ¡Tiene que Matarlos!
Muchos de los pequeños que allí estaban, lloraban sin entender lo que estaba pasando.
Yo… estaba sentado aún con las manos temblorosas, tratando de secar mis lágrimas; a mi lado el comisario Daniel me acariciaba la espalda consolándome…
“Ya amigo, tranquilo que todo pasó…”
Subí mi rostro para mirarlo, diciéndole:
¡No comisario, aún no!...
Luego se acercaron los paramédicos, con cuidado me colocaron en una camilla, antes de meterme en la ambulancia, le tome las manos al comisario y dándole las gracias, me desmayé.
Desperté en el hospital general, a mí alrededor varios galenos me auscultaban y limpiaban mis heridas, me colocaron suero y sedantes para descansar; antes de quedarme dormido, logre escuchar el comentario de uno de ellos:
“Pobre diablo, ya parece un cadáver ambulante…”
Cada vez que dormía se me hacían presentes, las escenas de los últimos cinco meses pasados en el “Siquiátrico”.
Me veía tirado en el suelo, sangrando abundante por el recto, unas voces me decían:
¡Levántate, lázaro!… ¡levántate!
Me era imposible levantarme, el dolor me pedía que me mantuviera acostado. De pronto cuatro hombres desnudos me levantaban y sin tomar en cuenta mis quejidos, me colgaban los brazos de una argollas y los estiraban hasta que mi cuerpo quedaba suspendido, apenas apoyado en la punta de mis pies, formado una “Y”.
Volvían a echarme agua para mantenerme despierto.
Las luces estaban más intensas y me permitieron ver que las cortinas recogidas mostraban una serie de celdas, que en forma de círculo, rodeaban el lugar; de esos calabozos brotaban unas manos que desaforadas aplaudían, acompañadas de los gritos:
¡Oleé Toro! ¡Oleé!
Hacia mí se acercaban las monjas, solo su tocado cubría sus cabezas, desnudas danzaban al compás de un música diabólica; en sus manos llevaban unos palos forrados de tela o papel multicolores; detrás de ellas venían los cuatro enfermeros cubiertos con un trapo rojo a manera de faldones.
Al acercárseme, los danzantes se abrazaban conformando un trío, los hombres acariciaban los senos de las mujeres; por encima de los faldones se notaban los miembros erectos rozando sus nalgas, cuando vi sus rostros, primero distinguí el de la hermana Diana, la otra era la odiosa Madre María, ambas conservaban hermosos sus vientres.
Diana la más joven, en el frenesí del baile abrió sus piernas, dejando ver su chocha depilada, y el bailador metió su cabeza para lamerle el néctar goteante que de allí salía, mientras el segundo se gozaba chupándole los senos.
El otro trío danzante se me fue acercando, mi cuerpo se estrujo de temor al ver la mueca sonriente de la madre María.
¡Te gusta mirar, verdad…perro!
(Recordé que me había descubierto cuando miraba a la hermana Rosana, en el cobertizo).
Y en ese instante se colocó frente a mí en posición perruna, comenzó a pasarme su lengua por las piernas, mi temor y el placer comenzaban a enmaridarse sintiendo sus caricias; sin yo quererlo, mi miembro se fue creciendo hasta alcanzar su boca, su lengua comenzó a jugar con mi glande y fue poco a poco chupándolo todo, abrí mis ojos y uno de los enfermeros, quitándose el trapo, me mostraba con lujuria su pene, era más grande que el mío, luego se arrodilló detrás de ella y abriéndole con furia las nalgas, fue introduciéndolo por el ano.
La madre María, al sentir el gusto de la perforación, arreció el movimiento de su boca, me era imposible dejar de sentir el placer que sus labios me producían; de pronto unas manos me abrazan por detrás y un rocé que ya conocía se aposentaba en mis nalgas:
Dios –pensé- me van a coger y aún estoy adolorido.
Y sin miramientos aquel tolete se fue abriendo paso por mi herido culo, pero algo había cambiado en mí, en vez de gritar de dolor, sentí un gozo tremendo, mire nuevamente con delicia a la mujer que me hizo tanto daño y ahora me provocaba tanto agrado; el placer fue largo, la música y los gritos de los que estaban en las celdas nos marco la cadencia.
¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!
Nos gritaban.
Creo que los cuatro acabamos juntos. Y luego un rato de silencio nos abrazó…


